miércoles, 31 de agosto de 2011

ENYA

LÁGRIMA - S


Estaba la reina llorona decidida a acabar de una vez por todas con su gran problema: las lágrimas. Su gran sensibilidad hacía que éstas afloraran en los momentos más inoportunos, asunto que ella vivía como una vergonzosa vulnerabilidad que creía incompatible con su soberano puesto.

No contenta ni con su vida, ni con su persona, ni con sus lágrimas, propuso un reto a los científicos y sabios más eminentes del reino: antes de finales de ese año, al que fuese capaz de inventar una aspiradora de lágrimas, le entregaría su preciada colección de diamantes. Eran un total de catorce, procedentes de catorce minas esparcidas a lo largo y ancho del planeta.

No tardaron en llegar al palacio los proyectos de trece máquinas diseñadas con gran esmero, belleza y eficacia para aspirar las lágrimas de la reina llorona. Pero el día treinta y uno de diciembre, a las once y tres minutos de la noche, apareció un viejito con su esposa, portando una cajita azul, pretendiendo participar con ella en el concurso. Los guardias reales no les permitieron en un principio el paso al gran salón en el que se pondrían a prueba los proyectos presentados, pero la insistencia de los mismos y su inofensiva apariencia, convencieron a su majestad para que les dejaran entrar.

La reina llorona, provista de diferentes elementos que le provocaran el llanto: retratos de seres queridos fallecidos, cartas de amor no enviadas, poesías melancólicas y un sin fin de diarios tristes que ella misma escribía sobre su insatisfecha vida ; y fue probando lágrima a lágrima, máquina por máquina, hasta llegar a esa cajita azul tan misteriosa como humilde.

Los catorce participantes, aguardaban tras una puerta cerrada, en una sala adjunta, la decisión de su majestad. Allí estuvieron impacientes horas y horas, hasta que al fin, se abrió de par en par esa puerta, y con un rostro iluminado y alegre, cruzó la reina llorona el umbral y se dirigió a la pareja de viejitos, entregándoles esa caja azul, dentro de la cual depositó antes los catorce diamantes prometidos. “Ya no la necesito, quizá sea útil a otra persona”, les dijo. Agradecida a todos, los homenajeó con una gran fiesta, comida y bailes hasta altas horas de la madrugada.

Doce de los científicos quedaron mudos de asombro, pero aceptaron su derrota y comenzaron a divertirse sin más. Pero el que hacía trece, no pudo reprimir su rabia y, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, lleno de curiosidad, aprovechó un momento de distracción y destapó la tapa de la caja azul. Apartó los diamantes a un lado, buscando ese objeto que tanto había impactado a la reina y lo que encontró fue un texto escrito con una caligrafía exquisita:

“Cada lágrima es una letra del alfabeto del alma.

Atiende su sabio mensaje que siempre habla de tres cosas:

Algo que aceptar... Algo que transformar ... y Algo que hacer.

Si aspiras las lágrimas, borras el mensaje del alma

que no tiene otro fin que el de cambiar tu vida”.




sábado, 27 de agosto de 2011

El Fin Es Mi Principio



http://youtu.be/yFK09sTXJas
http://youtu.be/ygd3jn-O_b8
http://youtu.be/mcXIaARLNQU
http://youtu.be/X9pOkNbe82I
http://youtu.be/p6bCaUnozLo
http://youtu.be/75Xpjq32


_ Dedicada a Margarita por su recomendación de TizianoTerzani ... Gracias , un gran abrazo ...

viernes, 19 de agosto de 2011

Vangelis - Prelude

PIEL




Mi piel, es mi límite, mi frontera. Es una línea movediza que me aleja o me aproxima. Tiene la posibilidad de atravesar sensaciones y entender lo mágico del estremecerse. Pone énfasis en contactos plenos y es capaz de dibujarme para que otros me vean de espaldas, de frente y de perfil. Puede enmarcarme para que yo tenga sombra y también darme la posibilidad de reflejar todas las tonalidades y de captar todas las temperaturas del día. Suele a veces erizarse, enojarse, y atreverse y contornear los dedos de la mano para amenazar o acariciar. Suelo utilizarla como abrigo o como disfraz.
Considero que ella es hipersensible. A veces me aprieta hasta hacerme llorar. Otras veces se afloja tanto que puedo reír hasta atrapar el sentido del placer. Pienso que para ella yo soy un mapa. Sí, un mapa al que describe con todos los accidentes topográficos, orográficos y demás gráficos. Es tan atrevida que me conmueve. Mi piel, es mi límite y mi frontera, suele darme la forma del abrazo para que me una a otras pieles sin diferencias, porque ella no ve ningún color, sólo la esencia del ser humano que dibuja.


Elizabeth Carpi



martes, 16 de agosto de 2011

Enya - Boadicea

ESTRELLAS ESCONDIDAS


Un violento remezón sacudió el cielo y por su causa, una estrella se desprendió y fue a caer a las profundidades del océano. El astro no era orgulloso y le daba lo mismo vivir arriba o abajo y como su explosión interna era incesante, a pesar del agua, continuó brillando como siempre. Su luz invadió la lóbrega oscuridad del fondo. Los peces pudieron, por primera vez, verse tal cual eran. Y eso no les gustó: la comparación con la estrella era inevitable y al lado de esa inmensa fuente sus cuerpos y almas parecían minúsculos. Plenos de furia y envidia, tragaron lodo y se lanzaron contra la extranjera para vomitar y cubrirla de una capa espesa que opacó su alegre resplandor. La estrella, al verse así, olvidando que era emisaria del cielo, comenzó a despreciarse a sí misma y sintió que no valía nada puesto que la razón de su existir era alumbrar el camino de los demás. Se ocultó, inmóvil, en una cueva. Atraídos por la hediondez del barro, poco a poco fueron llegando animales repulsivos que se pegaron a ella. Esta situación duró eternidades hasta que un ser, cubierto de escamas negras, entró en el refugio para descubrir parte de su cuerpo y lanzar un rayo de luz tan intenso que ahuyentó a los sucios monstruos y despertó al astro caído. “¿Quién eres tú, pez increíble, que puedes subsistir en este infierno conservando tu luminosidad?”, preguntó el pobre lucero. “¡Soy una estrella como tú. El remezón celeste me lanzó también al mar, donde me di cuenta que si mostraba todo mi esplendor, en lugar de ayudar crearía enemigos, porque el ser pequeño no soporta a los grandes valores. Si quería hacer el bien, tenía que ocultarme para que nadie se diera cuenta del origen superior de mi ayuda. ¡Ven: no creas que porque no te aman no vales! ¡No te aman porque no te pueden ver! ¿Si no hay conocimiento, cómo puede haber amor?”… La estrella sacudió el barro que la cubría, se disfrazó de monstruo marino y, disimulando su origen, partió junto con su compañero a dar un poco de luz a los negros abismos.




miércoles, 10 de agosto de 2011

Michel Pépé : Les Couleurs de l'Amour

ROMPE - R


El vino a él le hacía las cosas más fáciles. También a mí.

-¿Por qué has parado de repente? ¿Por qué no quieres hablar de Dios, de la Virgen, del mundo espiritual?

-Quiero hablar de otro tipo de amor – insistió -. El que comparten un hombre y una mujer, y en el que también se manifiestan los milagros.

Lo tomé de las manos. El podría conocer los grandes misterios de la Diosa, pero sobre el amor sabía lo mismo que yo. Por mucho que hubiese viajado.

Y tendría que pagar un precio: la iniciativa. Porque la mujer paga el precio más alto: la entrega.

Permanecimos durante mucho tiempo de manos dadas. Leía en sus ojos los miedos ancestrales que el verdadero amor nos pone delante como pruebas que hay que superar. Leí el recuerdo del rechazo de la noche anterior, el largo tiempo que estuvimos separados, los años en el monasterio en busca de un lugar en el que estas cosas no sucedieran.

Leía en sus ojos los millares de veces que había imaginado este momento, los escenarios que había construido a nuestro alrededor, el peinado que yo tendría y el color de la ropa que llevaría. Yo quería decir que sí, que él sería bienvenido, que mi corazón había vencido la batalla. Quería decirle cuánto lo quería, cuánto lo deseaba en ese momento.

Pero me mantuve en silencio. Presencié, como si fuese un sueño, su lucha interior. Vi que tenía frente a él mi “no”, el miedo de perderme, las duras palabras que escuchó en momentos semejantes a éste – porque todos pasamos por esto, y vamos acumulando cicatrices.

Sus ojos empezaron a brillar. Yo sabía que él estaba superando todas aquellas barreras.

Entonces solté una de las manos, agarré un vaso y lo puse al borde de la mesa.

-Se va a caer – dijo él.

-Exacto. Quiero que tú lo tires.

-¿Que rompa un vaso?

Sí, romper un vaso. Un gesto aparentemente pequeño, pero que ponía en juego miedos que nunca llegaremos a comprender del todo. ¿Qué hay de malo en romper un vaso barato – cuando todos nosotros ya hemos hecho esto sin querer alguna vez en la vida?

-¿Romper un vaso? – repitió – Pero, ¿por qué?

-Puedo darte algunas explicaciones – le respondí -. Pero, en realidad, es romperlo por romperlo.

-¿Por ti?

-Claro que no.

Él miraba al vaso de vidrio al borde de la mesa, preocupado con que se cayese.

“Es un rito de pasaje, como dices tú mismo”, tuve ganas de decir. “Se trata de lo prohibido. Los vasos no se rompen a propósito. Cuando estamos en restaurantes, o en nuestra propia casa, tenemos cuidado para que los vasos no estén situados al borde de la mesa. Nuestro universo nos exige que seamos cuidadosos para que los vasos no se caigan al suelo.

No obstante – seguí pensando – cuando los rompemos sin querer, vemos que la cosa no era tan grave como pensábamos. El camarero nos dice “No pasa nada”, y nunca en mi vida he visto que se incluyese un vaso roto en la cuenta de un restaurante. Romper vasos forma parte de la vida y no nos hace ningún daño ni a nosotros, ni al restaurante, ni al prójimo.

Le di un topetazo a la mesa. El vaso se balanceó, pero no cayó.

-¡Cuidado! – dijo él instintivamente.

-Rompe el vaso – insistí.

Rompe el vaso – me decía a mí misma – pues es un gesto simbólico. Intenta comprender que yo he roto dentro de mí cosas mucho más importantes que un vaso, y que me alegro de haberlo hecho. Vuelve la vista hacia tu propia lucha interior, y rompe este vaso.

Porque nuestros padres nos enseñaron a tener cuidado con los vasos, y con los cuerpos. Nos enseñaron que las pasiones de la infancia son imposibles, que no debemos alejar a los hombres del sacerdocio, que las personas no hacen milagros, y que nadie sale de viaje sin conocer el destino.

Rompe este vaso, por favor – y libéranos de todos estos conceptos malditos, de esta manía que se tiene de explicarlo todo y sólo hacer lo que los demás aprueban.

-Rompe este vaso – le pedí una vez más.

Él fijó sus ojos en los míos. Después, lentamente, deslizó su mano por el tablero de la mesa, hasta tocarlo. Con un movimiento rápido, lo empujó al suelo.

El ruido de cristales rotos llamó la atención de todo el mundo. En lugar de disimular pidiendo disculpas, me miraba sonriendo – y yo le devolvía la sonrisa.

-¡No pasa nada! – gritó el joven camarero.

Pero él no le escuchó. Se había levantado, me había agarrado por los cabellos, y me estaba besando.

Yo también le agarré los cabellos, lo abracé con toda mi fuerza, le mordí los labios, sentí su lengua moviéndose dentro de mi boca. Era un beso que llevaba mucho tiempo esperando, que había nacido junto a los ríos de nuestra infancia, cuando aún no comprendíamos el significado del amor. Un beso que estuvo flotando en el aire mientras crecíamos, que viajó por el mundo a través de los recuerdos de una medalla, que se mantuvo escondido detrás de las pilas de libros de las oposiciones.
Un beso que se había perdido tantas veces y que ahora había sido encontrado. En aquel minuto de beso se encontraban años de búsquedas, de desilusiones, de sueños imposibles.

Yo lo besé con fuerza. Las pocas personas que había en el bar, al vernos, pensarían estar delante de un beso más. No sabían que en aquel minuto de beso se concentraba la trayectoria de mi vida, de la vida de él, de la vida de cualquier persona que espera, sueña y busca su camino bajo el sol.

En aquel minuto de beso se juntaban todos los momentos de alegría que había vivido hasta entonces.



_ A orillas del río Piedra me senté y lloré ... Paulo Coelho



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